Crónicas de una campaña electoral
El Consejo de Seguridad y Venezuela
En esta tierra de gracia están de moda las Naciones Unidas y específicamente, lo relacionado con el Consejo de Seguridad, debido a que el lunes 16 de octubre se celebrará la elección del miembro no permanente correspondiente a América Latina que ocupará el escaño durante 2007-2008. Todo el mundo habla sobre el asunto y mi nieta que va a participar en el programa de Naciones Unidas que se realiza en su escuela, me preguntaba en días pasados sobre el tema.
Bien, chama, hay que hacer un poquito de historia y remontarnos a los primeros años de la década del 40 durante la II Guerra Mundial. El Presidente de los Estados Unidos de América (EEUU) y el Primer Ministro del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda (RU) pensaron que para sustituir a la fracasada Sociedad de las Naciones que no fue capaz de impedir la guerra, (esa es otra historia, no se asusten, no se las voy a contar), habría que crear un nuevo organismo multilateral que, como foro en el que las naciones dirimieran sus diferencias, se encargara de evitar nuevas conflagraciones.
Los padres de la criatura fueron, pues, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill. Luego invitaron a su aliada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a participar en las deliberaciones. Propusieron a los “países amantes de la paz” (aquellos que no estaban en guerra contra ellos) un documento “Propuestas para el establecimiento de un organismo internacional general” mediante el cual se crearía la Organización de Naciones Unidas (ONU). Éste es conocido como “Las propuestas de Dumbarton Oaks” debido al lugar en el que se celebró la reunión preparatoria. Las naciones de América Latina fueron invitadas a formar parte de la nueva organización, suscribiendo el documento constitutivo.
En febrero de 1945 en Yalta se pusieron de acuerdo “las tres potencias” como las llamaban por aquel entonces, en cuanto a la organización y funciones que tendría el foro. Allí se decidió que hubiese un órgano dedicado específicamente a mantener la paz y la seguridad globales y se determinó cómo se realizarían las votaciones en él, reservándose las potencias el derecho de veto. En junio de 1945 en San Francisco se reunieron las naciones que habían sido invitadas a participar en las deliberaciones que conducirían a la redacción final y adopción de la Carta.
Venezuela, representada por su canciller Caracciolo Parra Pérez, no sólo participó activamente en varios de los comités, sino que preparó un documento fijando la posición del país en el que solicitaba “la igualdad absoluta de los Estados” y que se adoptaran principios como el respeto a la integridad territorial, la no injerencia en los asuntos internos de los otros países y la obligación de buscar soluciones pacíficas a los conflictos entre los estados.
La Carta entró en vigencia el 24 octubre de 1945. La suscribieron 50 países y luego se añadió a Polonia como miembro fundador. Sus órganos son: El Consejo de Seguridad, encargado de velar por la paz y seguridad; la Asamblea General, órgano deliberativo en el cual cada nación tiene un voto; la Secretaría, que presta apoyo a los demás órganos y a cuyo cargo está el Secretario General; el Consejo Económico y Social; el Consejo de Administración Fiduciaria y la Corte Internacional de Justicia.
El Consejo tiene la grave responsabilidad de mantener la paz y la seguridad y mediante los artículos VI “Arreglo pacífico de las controversias” y VII “Acción en el caso de amenaza contra la paz, de ruptura de la paz y de acto de agresión” de la Carta, está facultado para imponer medidas coercitivas a los países que las amenacen, las cuales son de obligatorio cumplimiento por parte de los demás miembros.
Originalmente el Consejo fue creado con once miembros, cinco permanentes: Francia, Estados Unidos de América, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, República de China y Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y seis miembros no permanentes que serían elegidos por la Asamblea General por períodos de dos años, renovándose la mitad de ellos cada año y manteniéndose la representación geográfica. En 1965 se reformó la Carta para aumentar a diez el número de miembros no permanentes. A América Latina le corresponden dos escaños eligiéndose alternamente cada año uno de sus representantes.
Desde su fundación, pues, se estableció la desigualdad entre las naciones ya que “las tres potencias” junto a Francia y China se reservaron los puestos permanentes y mediante el derecho a veto o regla de la unanimidad se reservaron también el derecho a tener la última palabra en cualquier asunto que sea tratado por el Consejo.
Para los asuntos sustantivos, entre los cuales se halla todo lo relativo a la seguridad y a la imposición de medidas relacionadas con el arreglo de los conflictos incluyendo acciones militares, se requiere la votación afirmativa de nueve miembros, que incluyan a los cinco permanentes (unanimidad entre ellos). Si cualquiera de éstos emite un voto negativo (veto) la proposición no es adoptada, así cuente con los nueve votos requeridos. Un miembro permanente puede evitar vetar una resolución cuando está seguro de que de ninguna manera ésta contará con los nueve votos requeridos para su aprobación.
En el Consejo, privan las negociaciones para buscar los acuerdos y presentar posiciones comunes. Los miembros del Consejo se rotan la presidencia de éste y cada uno la ejerce durante un mes, por orden alfabético en inglés.
El presidente de turno, además se ejercer la vocería y dirigir las reuniones, actúa como mediador y convoca a las reuniones informales tanto con los miembros del Consejo como con otros países o grupos de éstos (NOAL, por ejemplo) interesados en el asunto a dirimir. Es un trabajo a tiempo completo, pues durante el mes que ejerce la presidencia tiene que estar disponible en Nueva York a toda hora, pues si se presenta un conflicto es a él a quien le corresponde convocar las sesiones del Consejo y comenzar a debatir las resoluciones que se adoptarán.
Tan importante es el cargo que Diego Arria, representante de Venezuela ante la Misión durante la cuarta oportunidad (1992-1993) en la que Venezuela fue elegida miembro no permanente, encontrando que muchas veces las decisiones se tomaban apresuradamente y sin suficiente documentación, estableció durante su presidencia del Consejo en marzo de 1992 la práctica de realizar reuniones informales con los representantes de los involucrados en el conflicto. Reuniones que se celebrarían fuera del ámbito de las Naciones Unidas, permitiéndole a los miembros del Consejo obtener información más profunda y mejor documentada para agilizar el proceso de negociaciones y toma de decisiones. “La fórmula Arria” fue llamada esta innovación y fue adoptada por sus sucesores.
Volviendo a los orígenes, cuando las “potencias” impusieron a los demás la regla de la unanimidad, andaban “del brazo y por la calle” y pensaron que esta situación idílica duraría por los siglos de los siglos. Nada que ver. Ya en 1946 surgieron las primeras diferencias entre los EEUU y la Unión Soviética, quienes constituirán el sistema bipolar que se enfrentará por el control del mundo hasta 1991 cuando se desintegra la URSS.
En los primeros años, fue la URSS quien ejerció el veto para impedir la admisión de nuevos miembros a la ONU. Su ausencia del Consejo en 1950 fue lo que permitió que las Naciones Unidas autorizaran el envío de fuerzas a la península coreana cuando Corea del Norte invadió a Corea del Sur en ese año. Mediante la Resolución 83, con la abstención de Egipto e India y debido a la ausencia de la URSS, el Consejo autorizó por primera vez el uso de fuerzas armadas “para repeler el ataque del Norte sobre el Sur y restaurar la paz y seguridad en la región”. ¡Y han pasado casi sesenta años y hoy día el Consejo está debatiendo acerca de cómo impedir que Corea del Norte use armas nucleares para chantajear a los demás! Con la única diferencia de ahora los cinco miembros permanentes del Consejo están de acuerdo en condenarla por realizar pruebas nucleares. “Intereses, no amigos,” es la máxima que rige al sistema internacional. Prohibido olvidar.
Retornando al Consejo, en la práctica, el veto ha servido a los miembros permanentes para favorecer a sus aliados e impedir decisiones contrarias a sus intereses. “Los países no tienen amigos, tienen intereses” no recuerdo quién lo dijo, pero es la verdad verdadera. También les ha servido para evitar cualquier resolución obligante para ellos, con lo cual el Consejo es completamente ineficaz en la resolución de cualquier conflicto en el que se halle involucrado un miembro permanente. No es este el lugar para demostrarlo documentalmente, pero quien desee tomarse el trabajo podrá confirmar esta aseveración.
Aunque en los primeros tiempos de la ONU era imposible predecir los efectos que el uso y abuso del veto tendría, Venezuela siempre se opuso -por principio- a este privilegio que consagraba la desigualdad entre los miembros de la ONU. Así que no descubre el presidente actual el agua tibia cuando critica esta regla, pues ha sido una constante en la posición venezolana solicitar su supresión y propiciar que el sistema pueda “evolucionar hacia modalidades más democráticas y representativas del conjunto de los pueblos”, Parra Pérez dixit, allá por 1945.
Tampoco descubre el agua tibia cuando propone cambios en la composición del Consejo, pues durante décadas se ha venido debatiendo acerca de su ampliación, tanto en el número de miembros permanentes como de los no permanentes, para que constituya una representación más fiel de la Organización, la que hoy día cuenta con 192 miembros. Ampliación que se aproveche para eliminar el derecho a veto. El Presidente Rafael Caldera propuso durante su segunda presidencia no sólo que se reformase el Consejo, sino que Brasil fuese admitido a él como miembro permanente en representación de América Latina y el Caribe. A lo cual también aspiran países de otros continentes, como Alemania e India.
Yo te aviso, chirulí. Eso será el día que a la rana le crezca pelo. ¿Cree alguien seriamente que los cinco países que tienen la sartén por el mango la van a soltar? Si los Estados Unidos pierden ese privilegio, probablemente le dirán “bye, bye” a la Organización, y a lo mejor hasta que se vaya de Nueva York “con su música a otra parte” como quisieran muchos ciudadanos americanos, que al fin y a la postre no consideran que la ONU favorece sus intereses. Y el presidente actual de la República Bolivariana gozará una… y parte de la otra, pues según dice, eso sería lo mejor para defender los intereses del ¿tercer mundo? Pero resulta que los cinco permanentes tienen derecho a veto también en las reformas a la Carta, así que mal se puede pensar que, al menos en el contexto internacional actual, ninguno de ellos permitirá una reforma que lo perjudique.
Importante es recordar los cambios en la composición del Consejo. Cuando se constituyó la Organización, la República de China (nacionalista) era aliada de Occidente y por ello fue incluida como miembro no permanente del Consejo. En 1949 las fuerzas comunistas obtuvieron el poder en China continental y proclamaron la República Popular de China. A medida que se dio el proceso de descolonización y la admisión de nuevos miembros a la ONU durante los años cincuenta y sesenta, creció en la Asamblea General la opción de que fuese admitida a la ONU la República Popular y expulsada de su seno la República de China, lo cual se logró finalmente en 1971. Entonces, con el apoyo de EEUU que varió sustancialmente su política hacia la República Popular de China, un segundo miembro permanente comunista accedió al Consejo.
Y bien curioso también es lo acontecido en 1991 con la disolución de la URSS. Se planteó la cuestión de a quién le correspondería ocupar el escaño que ésta había mantenido en los organismos internacionales. Hasta se llegó a pensar que sería necesario reformar la Carta para resolver la cuestión. Sin embargo, en un acto de solidaridad y armonía entre las involucradas, las once ex repúblicas soviéticas decidieron que fuese la Federación de Rusia quien sustituyese a la URSS en la ONU y que cada uno de los demás estados solicitare individualmente su admisión en la Organización. Así, en diciembre de la 1991, la URSS por última vez presidió el Consejo. “Cosas veredes, Sancho”.
Y ¿Venezuela qué tiene que ver en todo esto? Bueno, que Venezuela ha sido siempre un país serio, coherente con sus principios de política exterior. Tan coherente y seria fue su política que fue elegida en cuatro oportunidades para ocupar el escaño de miembro no permanente del Consejo. Porque un miembro no permanente no solamente representa las posiciones de su país, sino la del resto de los países que forman parte de la Organización. O por lo menos de la mayoría.
Venezuela siempre se opuso al veto en el Consejo, apoyó la descolonización y la admisión de nuevos miembros en la ONU, promovió la democracia aunque respetando la autodeterminación y sostuvo la importancia de los organismos regionales –entre ellos la OEA- ya que aún antes de la creación de las Naciones Unidas, América Latina contaba con una larga trayectoria de acción común y un cuerpo de derecho internacional por la cual se regía. Siempre insistió en que se incluyeran en la agenda los temas de desarrollo económico y social, apoyó la defensa de los derechos humanos, asumió una actitud activa en pro del desarme y la no proliferación de las armas nucleares y durante los años setenta fue protagonista en impulsar los temas del diálogo Norte–Sur. Por esa posición seria y coherente, fue elegida como representante de la comunidad de naciones como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad cuatro veces, 1962-1963, 1977-1978, 1986-1987 y 1992-1993.
Honor y gran responsabilidad pues debido al aumento en el número de países que forman parte de la ONU son pocos los privilegiados con obtener la representación de sus pares tantas veces en el Consejo. Posición a la cual la representación venezolana hizo honor en las cuatro oportunidades.
En su primer periodo durante los años sesenta, la nación coincidió con la posición de Estados Unidos en el Consejo. Este es un periodo de poca actividad ya que los vetos de la URRS impiden su cabal funcionamiento. Venezuela apoyó a los Estados Unidos en la crisis de los misiles, emplazados por la URSS en Cuba. Este conflicto, que puso al mundo al borde de la guerra, fue resuelto bilateralmente fuera del Consejo. También buscó el apoyo de la comunidad internacional para rechazar la injerencia cubana en los asuntos internos de Venezuela a través del apoyo a las guerrillas que pretendían imponerle un modelo semejante al cubano.
Durante los años setenta, Venezuela realizó una extensa actividad en defensa de los países africanos, actuó protagónicamente a favor del establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional en el cual los países más débiles obtuvieran un tratamiento más justo en el comercio internacional, patrocinó el Diálogo Norte-Sur y se presentó como vocero de los países menos desarrollados en todos los organismos internacionales.
En los años ochenta, Venezuela impulsó los mecanismos para intentar solucionar el conflicto centroamericano en el que Nicaragua, utilizada por la URSS y por Cuba, intentó imponer en la región el modelo comunista. También realizó Venezuela una actividad intensa para que los países de la región presentaran posiciones comunes para el manejo de la crisis de la deuda externa latinoamericana que afloró durante esos años y trabajó para lograr que América Latina presentase políticas concertadas hacia el resto de las naciones, propiciando además el que los grupos regionales se convirtiesen en mecanismos de concertación y diálogo.
En los años noventa, Venezuela se adecuó al cambiante contexto internacional actuado activamente en los casos de Bosnia y Europa Oriental, defendiendo la democracia haitiana ante el golpe de Estado que depuso al presidente electo democráticamente de ese país y actuando como uno de los países “amigos del Secretario General” encargado de presentar soluciones a la guerra civil en El Salvador.
A lo largo de los años la posición venezolana fue inequívoca en su anticolonialismo, defensa de los derechos humanos, condena al terrorismo, y a favor de la libre determinación de los pueblos, de la celebración de elecciones libres, del desarme y de la no proliferación del armamento nuclear.
¿Y ahora? Ahora pretende el gobierno actual defender en el Consejo intereses contrarios a los de las mayoría. Sostiene el derecho de Irán a desarrollar tecnología nuclear en contra de lo resuelto por la mayoría de la comunidad internacional que se opone a tal desarrollo y ha ofrecido derramar sangre venezolana en defensa de Irán si ésta es atacada por “el imperio”. Apoya a Hezbollah, a pesar de que éste grupo es considerado por la comunidad de naciones como un grupo terrorista. Aunque ante la prueba de un artefacto nuclear por parte de Corea del Norte en días pasados el canciller condenó dicha acción el diario oficialista Vea la defendió, por lo que los mal pensados como yo opinamos que ésta es una posición de compromiso, de mentirijillas pues, que no representa el verdadero sentir del régimen y que ha sido adoptada para no comprometer la elección al escaño en el Consejo que se realizará el lunes 16.
Con esta actitud, Venezuela podría bloquear todo consenso propuesto por los países occidentales y entrabaría el funcionamiento del Consejo con negociaciones interminables que impedirían su rápida actuación ante la evidencia de un conflicto. Podría presentar resoluciones que, dependiendo de la conformación del Consejo, forzarían abstenciones y vetos de los miembros permanentes. O sea, la política hasta ahora esbozada por el presidente actual venezolano consistiría en trasladar su lucha contra “el imperio” a este contexto. ¿Y entonces? ¿Tendrá más fuerza la chequera viajera que la dignidad y los intereses de las naciones? Lo cierto es que el tema luce bien interesante pues de no lograr ninguno de los aspirantes, Guatemala y Venezuela, una votación mayoritaria, las votaciones se podrán suceder bien hasta que alguno obtenga los votos necesarios o que se presente un tercer país como una solución de consenso. Bien importante el tema. El lunes amanecerá y veremos.
Chichita Stolk Caracas, 11 de octubre de 2006